jueves, 8 de septiembre de 2016

Antonio


Mi mamá arregló el botón de mi uniforme, creí que se notaría pero ella tiene (tenía esa magia). Llegué y me senté en el mismo lugar que me acompañó por casi tres años, eso es mucho si se habla de una escuela. Pues entraste y la profesora te presentó, dijiste tu nombre entre un murmullo y un tartamudeo, Antonio. Te asignaron el pupitre de al lado de la ventana. Desde atrás, sólo pude ver tus orejas rojas.
Al sonar la campana que gritaba el recreo entre tus tan-tan,  todos nos pusimos de pie para salir presurosos a comer y a jugar, te quedaste sentado como quien no sabe la cosa. Al repetirse el sonido que marcaba el fin del único momento feliz de la jornada, los gritos fueron acallados de tajo, como el hacha que corta troncos.
Entre las tablas de multiplicar de siempre, un poco de álgebra, los factores comunes fueron los de anotar en papelitos, ¿por qué hay un chico nuevo en el salón? Las hipótesis fueron desde lo absurdo hasta lo risible. Papás diplomáticos fue la que menos casó porque tu apellido no tenía tildes o letras especiales, así que la descartamos desde su propia escritura. Que tus papás tenían negocios especiales con las drogas fue la que ganó por mayoría. Disparos, hechos violentos, frases como “dormir con los peces” era de nuestras preferidas.
Antonio, casi no participabas en clase, sabías que al hacerlo te arrojaríamos papeles o demás cosas o que simplemente te aislaríamos, más aún.
Sentarte derecho, no poner los pies en el escritorio del de adelante, no dormir en clase, no comer en clase; esa maraña de reglas que nos recuerda que no estamos en nuestras casas, que en la escuela se debe aprender, se debe sufrir para que las lecciones, que en un futuro nos van a servir, nunca se nos olviden.
Pasados los días, Antonio se unió a nuestro grupo, hizo algo para merecerlo. La profesora Hilda era quien daba la clase de Literatura, nos hablaba de libros, de países, de corrientes, de estilos. Pues uno de tantos días, en donde por una u otra actividad, había que participar en una mañana cultural, declamaciones era la acción predilecta. Antonio muy entusiasmado levantó la mano, todos nos sorprendimos porque alguien al fin pedía participar cuando en otras ocasiones era casi elegido por el índice señalador de la profesora. Además, fue sorpresivo que Antonio se moviera de su asiento.
El día se acercaba a pasos agigantados y Antonio se preparaba, ponía atención a las indicaciones de la profesora Hilda; pon las manos así, mueve así la cabeza, haz esta pausa.
Cuando el día esperado por fin llegó los nervios no se hicieron esperar, corrían profesoras por todos lados, el disco del himno estaba siendo probado por última vez. Inició el acto con lo normal en un acto protocolario; el himno, la jura a la bandera, y alguna que otra cosa. Procuraba no pensar en ello y mientras veía las caras de los que al frente pasaban por ser abanderados, les hacía gestos y muecas con tal de distraerlos, por lo menos una que otra risa, con eso era feliz.
Cuando fue el turno de Antonio, la profesora encargada contuvo la respiración, era la primera vez que todos veríamos el acto de este chico nuevo, enjuto y arremangado, con los labios resecos y el pelo de lado con apariencia de mojado. El poema empezó como cualquier otro, empezó declamando desde el pasillo del medio, sus manos sobre su cabeza y la entonación de su voz fue la correcta. Los ojos se le pusieron como blancos cuando dentro de la rima incluyó un “comemierda” y “furcia” y las risas de todos nosotros no se hicieron esperar. Con “gracias Velorio” terminó el espectáculo y su oreja colorada por el pellizco que la profesora le propinó fue la mejor imagen que tengo de esa época.
Antonio, fuiste nuestro héroe, te suspendieron 4 días y tuviste que regresar con tu madre, muy seria y guapa por cierto, pero serena como las tardes de octubre. Entró a la dirección, ella era una madre new age y no creía en los castigos pero sabía que eso le daría paz a la profesora y al director, por lo tanto dejó que cumplieras condena.

Ya pasados los años aún me pregunto cómo fue que se atrevió a hacer tal cosa, algo que muchos hacíamos pero sólo en nuestra imaginación, cuando soñábamos que nos elegían para pasar a declamar y no decíamos que no y quizá hasta nos sintiéramos unos grandes poetas por poder cambiar el ritmo y lírica de los poemas de Neruda, De La Cruz y de Batres Montúfar.

Después de ayer


Ahora sé que sí la amaba, pasados los años puedo decir que sí la amé. Claro, como todo en la vida, hubo momentos buenos y otros quizás no tan buenos, pero eso es lo normal, ¿no es así?, total, amor pueden ser 5 minutos o 5 años.
Cuando nos conocimos, ella lucía radiante, tenía un pantalón gris, una blusa que hacía resaltar su figura, bendita figura divina. Sí, hubo alcohol, era una fiesta en la casa de una amiga, hace mucho tiempo que no nos veíamos. Me llamó incluso para hacerme saber que ella iría. No elegí mi mejor ropa, es que toda la que tengo es casi igual. Conduje hasta el lugar indicado, di tres vueltas a la manzana, estaba en medio de los nervios y de la cobardía.
-Hola, tanto tiempo sin vernos.- Una frase que tiene el efecto de ser parte aguas pero es incierto el lado en el que te deja. Por un lado puede salir una sonrisa pero por otro puede salir un reclamo. Igual, lo usé en esa ocasión.
Bebimos, usamos la botella de vodka que llevaba, las risas iban subiendo y la música movía nuestros pies. Encendí un cigarro y me aleje, la vista desde la ventana era asombrosa. Una noche llena de niebla y unos faroles encendidos a los lejos le daban un aspecto lúgubre a la fiesta, hasta olvidé que estaba en una fiesta.
¿Tienes fuego?-Claro, te dije que mientras sacaba el encendedor y hacía salir la llama después del áspero sonido de la piedra rasguñando el metal. La llama lamió tu cigarro y nos quedamos sin cruzar palabras. Tu cuerpo se acercó al mío, sentí tu brazo desnudo buscar calor entre la manga de mi suéter.
Dentro se escuchó que sonó una de mis canciones favoritas, al ver que nuestro tabaco se había acabado jalé tu cintura, te acerque más a mi cuerpo aún. Seguiste mi ritmo y ni hubo objeción alguna, tus caderas eran suculentas, comprobé cuanto te gustaba bailar.
Las copas surtieron efecto, y me atreví. Di ese paso, el tan esperado por todos, mis voces internas y yo. Fue uno de los peores besos de mi vida, reseco quizá por el tabaco, sin ritmo quizá por el alcohol, desabrido por quién sabrá qué. Aun así fue largo, creo que me gusta sufrir.
Terminó la noche y la terminé en el sofá, obviamente sin compañía, la borrachera fue mi amiga y mi aliada, me acompañó toda la velada. Al despertar ya no estabas pero me dejaste una nota escrita entre garabatos y manchas. “llámame” seguido de tu número de teléfono. Arrugué el papel y lo dejé en donde lo encontré, encontré mis llaves y caminé hacia el auto. Al llegar a una de las avenidas anchas de la ciudad detuve al auto y me bajé, necesitaba aclarar lo que había pasado, no me gustaba quedarme con ideas dando vueltas en mi cabeza. Alcohol, tabaco, baile, beso. Era la fórmula de siempre pero esta vez falló, fallé, fallamos. No, no fallamos, nunca llegamos a ser un nosotros. Así no. Sí, te pregunté tu nombre, me mostré como alguien con modales pero con mundo recorrido. Vi que sonreías conmigo. Algo no salió como debía pero no sé lo que fue. Si tan solo pudiera saber el error.
Noche dos de prueba, debo encontrar la solución. Fiesta, me presento, tomo la bebida, voy al balcón y veo hacia la calle. Digo algo acerca de la niebla y sales, me pides fuego y viene la canción, bailamos y cuando me acerco a dar el beso, siento tus labios y están muy húmedos, tienes la boca muy abierta y es el segundo beso más incómodo que he sentido.
Debo irme, esto no está bien. ¿Y si yo soy el problema? Debo alejarme de mí un momento, no puedo seguir conmigo.

Tercera noche pasadas varias semanas de aislamiento. Llego al bar, salgo a fumar al balcón, me piden fuego y lo doy sin dudar. Veo unos ojos encantadores pero no me acerco a besarla, seguimos en el mismo lugar y le pregunto su nombre. Me presento y hablamos de lo poco que nos conocemos a nosotros mismos, de cómo la suerte interfiere en nuestras vidas y de las sorpresas que hay cuando se cambia el modus operandi. Al terminar la noche nos despedimos y recibo de ella un beso en la mejilla, siendo ahora el mejor momento de mi vida.

Los perros


Son cinco, han sido más o menos, depende de las edades, pero hoy son cinco. El macho alfa tiene el típico comportamiento, esa actitud acre y mirada de soslayo que el haber vivido en la calle le ha servido para hoy enseñarles a los demás miembros del clan cómo se forjan los perros en la vida.
Las cicatrices en su cara dan un poco de miedo, alambre de púas y garras. Le falta un mechón de pelo y a pesar de su color dorado, hay una nube ceniza sobre su lomo. La pata trasera derecha tiene la mayor cantidad de daño evidente, cuando duerme se escucha que se queja. Quisiera abrazarlo pero sus ojos me hacen abstenerme.
Hijo pródigo es su nombre, se fue por una temporada, cuando otro fue el macho alfa. Como reloj suizo, regresó cuando el clan necesitaba de un nuevo líder, alguien experimentado. Ya no pudo ver a su madre, ella había fallecido unos meses antes.
Es último en dormir, tiene un oído sorprendente. El primero en recibir el sol pero se queda en su puesto. Sabe que Braulio ya hizo un recorrido en donde se aseguró que no hay amenazas cerca.
Con un dulce aullido da las últimas instrucciones indicando que la jornada diurna ha terminado, a su rededor se duermen los demás, tranquilos, saben que no hay problema aparente.
Hasta yo me siento tranquilo cuando escucho sus cantos nocturnos. Hay noches, en donde algo o alguien inquietan el sueño de los vigías. Un ladrido fuerte da la señal y sin dudarlo muestran colmillos y los gruñidos no se hacen esperar. Cuando el canto de guerra lleva más de veinte minutos me preocupo un poco, hay un silencio diferente y luego de un minuto o dos, empiezan de nuevo, tomo la linterna, ya mi respiración está muy agitada como para preocuparme por ponerme un suéter. Me aproximo a la puerta, escucho mis propios pasos, la linterna se come a la oscuridad con apetito feroz. Veo al resto del clan reunido alrededor de algo, me acerco y no puedo creerlo, no quiero creerlo, Hijo pródigo parece estar dormido pero un líquido rojo oscuro sale de su hocico, no puedo evitar ver y sentir sus ojos, esos ojos que hace unas horas estaban llenos de vida.
Suena el despertador a las seis de la mañana, el sol no se atreve a mostrarse del todo y las hojas tiemblan con el viento frío. Hay un saco con un cadáver dentro. Un amigo se fue sin despedirse y llevándose el secreto de su muerte. No me explico el golpe que tiene en la cabeza. 
Preparo café, me ayuda a pensar. Busco en la guía telefónica algún lugar en donde pueda ir a dejar a, ni siquiera pudo decirlo, a Hijo pródigo. Es increíble lo rápido que actúa el rigor mortis.
Conducir con un cuerpo ya sin vida, semáforos sin sentido, bocinas a todo esplendor y yo queriendo detener las imágenes en mi cabeza. Tomo la salida hacia la carretera interamericana y aprovecho para acelerar, pensando que quizá me aleje un poco de lo que llevo en el baúl, misión estúpida desde su concepción.
De regreso a casa veo al resto del clan, me ven llegar y mueven sus colas y bajan sus orejas, saben lo que sucedió, saben que él ya no volverá.
Llega la noche y el aullido ausente rompe mis oídos. Salgo al jardín, sin lámpara esta vez. Siento la grama suave entre mis pies, escucho unos pasos justo delante de mí, gotas pequeñas de sudor frio cubren mi frente. Esos pasos se detienen, se escucha que alguien busca algo, veo el resplandor de un objeto metálico y cuando está sobre su cabeza, me dejo ir, algo de mi interior me obliga a saltar encima del desconocido. Mis brazos están aprisionando su cuello, no lo dejaré escapar. En medio de la oscuridad sólo puedo sentir que deja de moverse, no hubo mucha resistencia.

Al soltarlo el cuerpo cae al suelo, voy dentro de la casa para traer la linterna. El desconocido ya no está, hay señales de lucha pero no hay cuerpo. Voy al baño, siento que debo limpiarme. Me veo en el espejo y hay marcas en mi cuello, como si alguien hubiera querido asfixiarme.

En el parque


A eso de las seis de la tarde el viento cambia, de un cálido otoñal a un frío muy de octubre. Las luces de los faroles se encienden automáticamente alumbrando los árboles, las flores.
Enciendo el primer cigarrillo –de la tarde- me gusta hacerlo lento, girando mi cabeza a la izquierda y sintiendo esa primer bocanada. Es un alivio.
Al otro lado del parque veo una pareja, se besan tranquilas, sin que nada más les importe. Las veo cada tarde, les puse nombres porque detesto lo desconocido. Ana sostiene la cabeza de Sofía, le acaricia el cabello, sus dedos se pierden. Sofía gira su cabeza, baja sus manos a las caderas de Ana. Es un beso largo, las personas pasan a su lado y no parece importarles. A nadie.
Aumento el volumen a mis audífonos e imagino sus conversaciones, las palabras que se han de decir al despertar, cuando se despiden en la noche. La manera de llevar sus discusiones.
Paso mucho tiempo en ese tiempo que no es mío, sintiéndome ser esas personas, emocionándome por los éxitos que creo les suceden. Conociendo a gente nueva que no me atrevo a hablarles ni en un millón de años, me quedo detrás de un vidrio que yo misma puse y sé que existe y no pienso quitarlo, es mi protección.
Ana luego le besa el cuello, la frente, las orejas. Sofía entiende el cambio en el tipo de besos, la conoce muy bien, es un cuerpo que se deja llevar, siento la humedad de sus cuerpos, a pesar el frío de octubre. Siento las respiraciones, lo que aún sin palabras se dicen.
Una hoja rojiza cae sobre sus cabezas, la ignoran como han ignorado a cada una de las miradas que los desconocidos les dan.
Me quedo viéndolas de reojo, desearía poder seguirlas y comprobar que lo que pienso de ellas es real, aunque quizás sí lo sea, total, la realidad es lo que yo quiero que sea.

Todo ocurre en medio de un octubre nuevo y viejo a la vez, sé bien que el frío se colará por mis huesos y me recordará aquel otro invierno que viví, pero así mismo me hará suspirar por la sorpresa que el mismo clima me da. Me mueve el cabello y enreda mi bufanda, me hace guardar mis manos en el abrigo y sentir las llaves y el encendedor que siempre llevo conmigo. Porque necesito ese amuleto que me recuerde que estoy parada en medio del parque con mi vidrio protector.

Con su puño y letra

Suena la alarma a las 6am, la misma que es apagada como de costumbre y empieza el día. Coloca el café en la cafetera, 2 tazas exactas, ni más ni menos.
Se sienta a leer el periódico, cada una de las columnas es leída con la religiosidad de un monje.

Pedro camina por la acera, como todos los días. Toma el autobús para el parque, se sienta en una de las bancas desocupadas, lleva unos mendrugos de hace unos días. Las palomas se arremolinan cerca de las viandas.

Cerca del parque está una de tantas librerías, entre a paso lento, tiene ya en mente el libro que desea pero se entretiene con las propuestas del encargado de la tienda. Ciencia ficción, novela negra, relato fantástico; temas que hoy no le interesan realmente. Enfoca su atención, de lleno, a la estantería del fondo, la que tiene un poco de polvo. Se acerca y lo revisa de pies a cabeza. Allí está, todo este tiempo dándolo por perdido, pero allí está.

Regresa a casa presuroso, las calles se le hicieron eternas, prefirió caminar al ver que la espera del autobús sería una misión fallida. Sube las gradas de dos en dos, a pesar de que su rodilla izquierda le recuerda constantemente que él ya no puede ni debe hacer este tipo de esfuerzos.

Saca el libro de la bolsa de papel, se sienta en la terraza, no se siente listo para abrirlo. Respira, piensa, se acomoda, cruza la pierna, la extiende. -Bueno, es ahora, todo este tiempo y ahora es cuando debo hacerlo-se lo dice como convenciéndose de que lo que hace está bien.

Al dar vuelta a la primera página, distingue claramente el trazo hecho con estilográfica. La dedicatoria versa así. "Cuando me leas, te leerás. Cuando respires, yo respiraré contigo. Soy contigo uno solo porque somos el mismo. Sí, encontré, bueno, encontramos la máquina, lo haremos en 1984."
Al final de la página la fecha indica que es 1975.

sábado, 26 de marzo de 2016

AGUA Y CIELO



Las posibilidades son infinitas. Jueves y suena la alarma, las bocinas de los autos anuncian el movimiento que hay afuera. Renacer y sus consecuentes dolores de parto son innegables. Busco el reloj de pulsera para ver la hora, sin importar el número que allí se muestra, es rutina buscarlo. Las sábanas son pesadas, quizá por soportar los sueños de la noche anterior.

Café listo para ser bebido. El sonido del molino bailando con los granos, que se alejan y se acercan a un ritmo único. Agua a no más de 100°C para mantener la perfección de este néctar oscuro.

Salir al jardín y en medio de los árboles buscar paz, suena a una misión casi imposible en medio de la ciudad. Es cuando se hace acopio de los recuerdos de los viajes, recordar las carreteras alineadas con bosques de vida, de movimiento estable. Recuerdo un viaje no tan lejano, el destino se titulaba “agua y cielo”. Luego de acomodar las maletas en el baúl, la aventura se avecina.

Mapa e indicaciones, suficiente para partir. El tabaco a mano porque la respiración profunda ayuda a meditar, en cualquier circunstancia. Conforme avanzan los kilómetros recorridos, los autos desaparecen. Hay una soledad palpable y única. Aumento la velocidad y me dejo fluir con el asfalto. Somos una sola cosa en el infinito. El destino aparece con un desvío, viro a la derecha y me adentro en un nuevo paisaje. Las llantas son golpeadas por las piedras que ahora forman el camino. Agujeros y raíces, buen preludio.

Buenos días, me saluda cordial el guardián, señalándome el área de acampar. Desempaco y armo el refugio, mi nuevo hogar. Una bocanada de aire puro y ya me siento diferente. La caminata en los senderos no se hace esperar y los ruidos de vehículos no existen en esta tierra de nadie. Acá no hay miedos, no hay temores.

Encuentro el primer riachuelo y mis ojos se han iluminado. Las gotas de sudor dejan de importar y descalzándome, entro en el agua, o el agua me permite entrar. Reacciono con lo frío, pero me sumerjo. Mis ojos no pueden creer la transparencia del riachuelo, ver las piedras al fondo y a las hojas siendo llevadas por una leve corriente.

Me quedo quieta, cierro los ojos y me pierdo. Hay nuevos sonidos, dulces y fuertes. Siento que vuelo y atravieso pantanos y desiertos. Alzo rocas sobre mi cabeza y ando sobre las copas de los árboles. He perdido dimensiones de mi propio ser y me siento liviana pero no débil. Hay música y puedo tocar cada nota, cada escala. Sonidos de viento, de agua, de inmensidad, de eternidad, de ocaso, de vida, de amor, de odio, de dolor. Mis manos tiemblan, un rayo ha atravesado mi espalda y esta se arquea, se tensan mis pies y manos. Una alerta se ha disparado pero sigue su camino, no se queda conmigo, fluye como una nube en el cielo. Abro los ojos y regreso a esta dimensión, creo.

Sigo el camino y llego a una catarata, el viento que provoca es tan fuerte que las hojas no pueden quedarse quietas. Este es un sonido sólido. Los remolinos y la espuma hipnotizan. Da temor y abrigo a la vez, es como un golpe perpetuo que te mantiene anclado a la tierra. El sol ya no puede entrar por la espesura de los árboles. Es momento de volver.

El fuego es vida que renace, es el paso entre la limpieza del espíritu y la separación del ser. Es este el fuego con el que también enciendo mi tabaco, disfrutado plenamente sentada en la grama, con el agua y su paso cadenciado. Los grillos han aparecido y un primer aullido anuncia la noche. Las estrellas se ven más cercanas, nunca las había visto tan grandes, tan mías, tan de nadie. Entro a la carpa y dejo que el sueño me abrigue. Todo lo vivido hoy se presenta lejano. El pasado se ha quedado en otra dimensión y no hay peso qué andar acarrando.

Despierto con energías renovadas, me dirijo a un río, el más grande la región. Es casi imposible ver el inicio, unas rocas lo atraviesan y son sencillas de caminar. Me aventuro y siento el agua ahora tibia en mis pies, me empuja suavemente la corriente pero no caigo. El agua me invita, de nuevo, y al llegar a una parte un poco más honda, me sumerjo. Allí dentro empiezo a escuchar voces, aun no comprendo si son voces del pensamiento del río o si son voces de mi ser. Ahora son voces de hombre, al caer la noche las voces son de niños. Al inicio hay miedo pero pronto encuentro la paz, paz en medio del murmullo de esas voces que nunca repiten palabra alguna.


Es inevitable tener que regresar, estos viajes funcionan si se quedan en eso, en viajes. Vivir allí se me haría imposible. Dejarían de ser escapes de la rutina. Enciendo la música en el auto, debo regresar de a poco, semáforos y bocinas se me presentan y ahora sé que he regresado. Diferente, con más vida y más tiempo en la maleta, esa que va en el corazón. Entro y preparo un café.

sábado, 16 de enero de 2016

Entre el amor y el corazón

Amarte es, relativamente sencillo. La luz que sale de tus ojos es suficiente como para poder llegar a imaginarse el bosque de otoños claros detrás de tus castaños y vivos ojos.
Conforme las conversaciones se fueron haciendo parte de nuestra rutina, las risas y su eco como música principal, el corazón me lanzaba alertas, que no quise ver, sólo me limité a sentir. Grave error.

Cosas y quizás alguno que otro rito cambió. Es decir, me preparaba para verte, eso era nuevo. Mi apariencia no me importaba mucho pero contigo fue diferente, quería impresionarte y darte mi mejor versión.

Retoque en el espejo, perfume, ropa planchada, zapatos limpios. Uñas pulcras, reloj colocado estratégicamente. Estar al pendiente de tiempo para cruzar palabras, en vivo o por teléfono.

Hubo una ocasión, sentía que era el momento justo de decirte que, pues que las cosas habían cambiado. Tú te me adelantaste y me dijiste que debías decirme algo importante, que cambiaría tu vida. Creí que hablábamos de lo mismo y te dejé hablar. Conforme las palabras fueron saliendo de tu boca, de mi ser iba saliendo un hilo de metal que llevaba mis entrañas y mis sesos. Me decías que estabas emocionada por haberle conocido, que esperaste un tiempo y luego te atreviste a invitarle a salir, este aceptó y de allí no han podido separarse ni un momento.

Siento celos, pero no me permito demostrártelos, no puedo hacernos eso. Escucho cada día las historias que te suceden con ese ser, ese que pudo llegar a tu corazón antes que yo.

No le deseo el mal, al contrario, quiero que todo sea bueno para que tú nunca sepas lo que duele ver caer los pedazos de un amor que se creía era de ambas partes.

Cuando charlamos, imagino que él soy yo, imagino mis labios recorriendo tu piel, mis manos acariciando las tuyas. Despertando contigo a cada mañana.

Y así, paso los días, como una sombra amorfa pero paciente, quizás algún día y...

martes, 7 de julio de 2015

Vino





El viento moviendo las hojas de los árboles, un tronco estático con ramas bamboleando por doquier.
Una botella de vino vacía sobre la mesa y los días siguen igual. No, no saldré hoy, mis pies desconocen caminos y el miedo azota la puerta. Los pocos rayos de sol que entran queman de a poco, sigo el camino que llevan, desde el suelo hasta la ventana. Muevo mi ubicación y el sofá es mi refugio, unas revistas amontonadas en el suelo y los libros tapizando una de las paredes, no puedo seguir así.
Afilo la punta del lápiz e intento escribir con lujo de detalles lo que anoche sucedió. Recuerdo poco, invento menos y maquino ese momento, cuando entraste tan fresca y sin remordimientos, sabias lo que habías hecho pero aun así te sentaste y pediste el vino más caro, quesos y jamones. No viste cuánto te vi. Te veías radiante pero había una nube de desconsuelo, tu mano temblaba cuando sostenía la copa y la bebías a sorbos pequeños, tus ojos distaban de la realidad.
Veía jugar a tus dedos sobre la mesa, no tenían ritmo, querías olvidar.
Me inquieté cuando buscabas algo en tu bolso, lo cojiste como si quisieran robártelo y viste a todos lados, lo abriste y algo te tranquilizó. Me puse de pie y me senté frente a ti, no articulaste palabra alguna y me suplicaste con la mirada que no dijera nada. Tranquilo te complací y me serví un poco de vino. Pasados varios minutos te dije que fuéramos a otro lugar, sin chistar te pusiste de pie dejando el dinero de la cuenta y una muy buena propina.
Caminamos unas cuadras en silencio, apretabas tu bolso. Camine a tu lado y nos dirigimos a mi casa. Sabias bien el camino. Te sentaste en el desayunador, colocaste tus cosas muy cerca de ti, incluso el abrigo. Serví unos tragos y los bebimos en silencio, yo estaba viendo hacia la ventana que cubría una de las paredes, la ciudad dormida daba un poco de tranquilidad. Comencé a desvestirme. Observaste cada uno de mis movimientos y te uniste al ritual. La desnudez es la ropa de la sinceridad. Di unos cuantos pasos y me puse en cuclillas, besé tus pies, tus tobillos, tus muslos fueron acariciados con estricta religiosidad. Subí hasta tu abdomen, no te moviste de lugar. Apreté tus senos con mis manos y me bebí el néctar de tu piel, jamás me acerqué a tu boca. Tu cuello fue mi destino predilecto, lo mordí y mis colmillos se clavaron en tu piel, pude sentir el sabor a sangre que goteaba. Abrí tus piernas con las mías y entré en ti, violentamente, vagamente hiciste algún sonido. Sujeté tus manos y mantuviste los ojos cerrados. El tiempo se hizo eterno y no quería salir, me sentía a salvo dentro de ti, quería que durara para siempre, aún si una única noche fuera para siempre. De a poco me alejaste, me besaste todo el cuerpo y me quemaba tu piel, acaricié tu pelo, tu espalda, tus manos, estar de pie fue lo mejor. Sin darme cuenta nos fuimos al sofá, te sentaste sobre mí y tus caderas fueron el ritmo de una canción jamás escuchada. No pude resistirlo y te besé, mordí tus labios y fue lo último que recuerdo de ti.
Busco en medio de la sala algo tuyo, sólo el viento me acompaña, de nuevo.

lunes, 1 de junio de 2015

Noche de luna

Cuando las hojas de los árboles dejaron de caer pude  salir de casa. Era una mañana fresca, recién lavada por el viento. Cogí mi abrigo y me enrollé en la bufanda. De vista frontal podía ver las montañas que me han acompañado desde la infancia. A lo lejos se dejaba ver una construcción semejante a una iglesia. Alta y blanca, dudo mucho que fuera una casa.

Ana se marchó hace poco, la ropa que dejó aún tiene su olor. Sigo preparando café para dos. Despierto y creo verle, hasta incluso la he escuchado en la biblioteca en donde las horas se le iban como agua cuando se empeñaba en hacer sus investigaciones. –No me parece justo que teniendo los recursos bibliográficos, no los mencione o los cite en las investigaciones. Tu carácter terco quizá fue lo que me enamoró, no lo sé.

Hablabas con voz que no necesitaba elevarse para hacerse escuchar. Movías las manos frente a ti y los demás de la mesa no quitaban sus ojos de tu boca, de tu ser. Hablabas de cine alcancé a escuchar, de cómo el papel de las mujeres sigue trayendo consigo la etiqueta de sumisa y de que si obtiene un papel fuerte el premio se lo dan al director por haberse arriesgado a tan aventurada decisión. Había luz en ti, aún siento el calor de tu cuerpo. Seguí yendo a ese café, era el punto de la rendez-vous con mis colegas, juntos teníamos el proyecto de revisión de cuentos infantiles. Cuando ambas nos pusimos de pie para ir a traer más café, las fuerzas del universo o lo que fuera que haya sucedió en eso momento, nos llevó a vernos. Las conversaciones triviales en la barra de los cafés no se hicieron esperar y como si ya esperase eso respondí a tu pregunta. –Sí, lo prefiero solo, negro, para poder sentir el verdadero sabor (mi intolerancia a la lactosa tampoco es un hecho de dominio público). –Con un poco de leche y canela y tendrás una mezcla casi perfecta me respondiste.

Nos saludábamos como viejas amigas cuando nos veíamos, cada una en su mesa y a sus actividades. Debo encontrar qué hacer con tus ropas. Eventualmente comenzamos a hablar, a llegar antes y compartir la mesa y así descubrimos que casi nos conocemos antes cuando ambas viajamos al interior.

Sabes, nunca te dije que muchas noches despertaba con miedo, salía al corredor y veía hacia el cielo, pasados unos minutos despertaba y volvía a la cama. –Vamos, déjame ver, en serio, quiero ver tu tatuaje, no, no me reiré. –Está bien pero no acá. Así empezó todo.

Noche de cine clásico en tu casa. Era una construcción peculiar, patio interno y las habitaciones alrededor del corredor. Una cocina impresionante. Un jardín en la parte trasera se llevó mi atención completamente, tenía una decoración única, una caída de agua que pasaba por las piedras y las plantas colgantes daban un aire de frescura.

Soul, R&B, Jazz, vino, quesos, embutidos. Cine, conversaciones, libros, miradas, acercamientos, noche estrellada, pantalón azul, cinturón, sueter color zapote, zapatos café y blusa azul.

Las llamadas no tardaron en llegar, el campo de entrenamiento había cambiado y las estrategias ahora eran otras. Te llamaba para quedar para el almuerzo, me llamabas y me contabas los líos en la oficina por uno u otro documento. Unas cajas bastaron para llevar mis cosas a tu casa. Ir a hacer la compra fue un reto, mi gusto por la comida no ha ido tan complicado, cereal-café-chocolate, las 3 c´s básicas en mi dieta. Viajes, vacaciones, reuniones con amigos, juntar a todos fue todo un reto.

Sentí calma, hace mucho tiempo que no a sentía. Podía respirar tranquila. Cuando me regalaste la bufanda creí que había muerto y que estaba en el cielo. Gracias. Los síntomas fueron silenciosos, eso ayudó a que la enfermedad se propagara con mayor facilidad. En algunas ocasiones te quejabas mientras dormías y entonces me acercaba a ti, te acurrucabas en mi hombro y dejabas que Morfeo hiciera bien su trabajo. El doctor dijo algo que aún hoy escucho con la misma voz pastosa de ese entonces: 2 meses o 1 año, es una enfermedad curiosa.

Sentí rabia, no contra ti, contra todo el mundo menos contra ti. Tú lo tomaste como quien escucha llover, salimos y fuimos a tomar un café. Creo aún que estabas en negación pero en el auto me viste a los ojos y me dijiste: no somos eternos en esta presentación, luego seremos estrellas, árboles, viento, aromas. Seremos todos los recuerdos que hoy y ayer construimos.

Quiero tu valentía, salgo al patio y quiero de nuevo escuchar tus palabras seguras, tan carentes de duda y que me sostenían en medio de este mundo.



domingo, 3 de mayo de 2015

Heartless



Del dolor del corazón poco podría decirte, no es como si fuera la primera vez que me duele pero se siente diferente.
Siento que mi pecho se contrae, como queriendo decir algo, como si algo detro de mi se aferrara a mis entrañas, quizás miedo a salir de nuevo, ¿sabes? Como si l bicho que llevo dentro ya se acomodó y aún sin saber cómo llegó, allí ya hizo su hogar.

En otras ocasiones, cuando mi corazón daba señales, yo me llenaba de negaciones y justificaciones que tontamente sólo retardaban el dolor.
Mis manos tiemblan mientras intento explicarte esto, miedo o euforia, todavía no lo sé.
Recuerdo un día estaba soleado. Desperté como a las 8am y revisé mi teléfono celular (como lo hago todas las mañanas) y vi tus mensajes. Me alegré mucho. Conforme iba leyendo mi cuerpo quería salirse de sí mismo; mis pies inquietos exigían corroborar lo que mis ojos leían. “Sin ti-Adiós-Supéralo” son cosas que no se olvidan.

Después de leerlo me quedé un rato más en la cama. La vista perdida en la gotera del techo. Ana se despertó y se sorprendió al verme así. Pasa su mano por mi pecho pero no quiero sentirla, la alejo pero ella insiste y baja la mano a mi entrepierna, conoce muy bien mi talón de Aquiles y juega un rato con mi cuerpo. Siento cómo se mueve en mi parte baja y sin mucho esfuerzo termino en su boca. Se vuelve a dormir y mientras me pongo de pie me limpio con una playera que estaba en el suelo.

Enciendo un cigarro mientras voy a la cocina, la vista desde la ventana me tranquiliza. A lo lejos hay una línea de tren y paralelo se  escurre una carreta muy poco usada. Café a sorbos, dolor, cigarros, la punta de los dedos llevando un ritmo acuoso sobre la mesa. “Sin ti-Adiós-Supéralo”

Regresa el dolor en el corazón o en el pecho o en el tórax o en la cabeza. Se ha extendido a todo el cuerpo semidesnudo. Me abrazo y mis manos en mis hombros quieren juntar mis omóplatos. Hay un desierto y mis dunas duermen casi muertas. Flashbacks de tus besos, compartiendo un cigarro en la acera, conduciendo sin destino, la cinta en la casetera. Otro café y mucho ron, el brazo de Ana cuelga fuera de la cama, ronca…no como tú. Pasa un tren, las ventanas llenas de rostros, ajenos a lo que sucede en mí. Me masturbo pensando en ti; lloro, rio, vomito. El dolor en el pecho no se marcha.

Busco mi pantalón y cojo una camisa, en la puerta del apartamento descubro que no llevo zapatos, regreso a traerlos y camino. Poca gente hay por las calles, a pesar de ser un día soleado. Te busco en donde se que no estarás, te llamo sin voz esperando respuesta tuya. Doblo la esquina y hay un anuncio publicitario. Se ve sólo la nariz y la boca, hasta el cuello. Me detengo cuando reconozco tu barbilla, es única, es tuya. Siento escuchar aquella canción y la brisa de tu voz acariciando mi oído derecho. Pronto, una avalancha metálica parece quebrar mis rodillas, unas llantas derrapando y gritos.
 

El dolor del corazón se ha desvanecido. Me siento flotar y escucho un llanto, es Ana; cierro los ojos. “Sin ti-Adiós-Supéralo” 


viernes, 27 de marzo de 2015

Azúcar morena

Camila no pretende detenerse, ya lo ha hecho antes y no soportó el martirio de sus voces interiores recordándoles su misión, una de tantas al final de cuentas.

Se arregla el cabello frente a un auto estacionado, se revisa el maquillaje y se acomoda el bolso cruzado sobre su pecho. Revisa que en los bolsillos lleve su móvil y las monedas para el autobús. “sólo hazlo, sólo hazlo” se repite en cada paso.

-Hola Camila, ¿lo de siempre?, le pregunta José, el compañero de sus cafés matutinos. Le coloca el sobrecito de azúcar morena como a ella siempre le gusta, no siempre lo bebe dulce pero le gusta saber que tiene la opción justo al lado de la taza.

Al sacar su agenda voltea hacia atrás, evalúa el escenario, ha mentalizado tantas veces los supuestos sucesos que cree que ya todo ha ocurrido y que lo de hoy es un recuerdo más, pero hoy es diferente, totalmente diferente.

Se sube el cuello de la chaqueta, respira hondo  y bebe el último sorbo del café. Abre su bolso y saca su arma, dispara a su derecha, hombre caucásico de 45 años, impacto en la sien izquierda, muerto en el instante; disparo al frente, mujer de 47 años, impacto en medio de los ojos, cae su cuerpo frente a su acompañante.

El momento fue el mejor, los demás comensales salían en ese instante, cuando la banda de la escuela pasaba en la calle y los bombos se alinearon a las dos únicas descargas.

José no sabe lo que ha ocurrido, se queda inamovible y ve con angustia y con desilusión a Camila, mientras ella ya ha guardado el arma, la misma que dentro de 20 minutos estará en el fondo del rio.

Noticia de última hora, ataque armado perpetuado en un café del centro; ambos funcionarios públicos que tras una larga carrera en la política se les ha vinculado con la desaparición de 34 menores de edad víctimas de trata de personas. A este acto se le suman otros en donde el modo de operación es el mismo. Quizá nos encontremos en estos momentos ante una ciudadana con aires de justiciera.


…aún no se si deba agradecerle…


lunes, 16 de marzo de 2015

En la noche


La rebanada de felicidad que queda habitando el filo del cuchillo, cuando el tiempo se ha terminado, cuando el reloj ha marcado una hora y debes marcharte.

Coges la ropa del suelo, ajustas los tirantes del sujetador y ves el dinero en la mesa; dinero arrugado y ahora, con sentido. Te acomodas las medias, los zapatos, no miras hacia atrás, es lo de menos.
El frío del viento hace recordar que es el mes de diciembre y las luces en los árboles no te dejan olvidar que es un mes de fiestas y de alegría superfluas. Las familias saliendo a comer juntas, las niñas de las manos de sus padres y los niños saltando cerca de las fuentes. Vitrinas llenas de ofertas y nieve artificial.

-Cariño, llegaré tarde.
-Amor, pero creí…..
-Pero es que me he liado en la oficina y…..
-Bueno, a por ello, te espero.

Hola, y tú…vienes acá muy seguido? Frase ya muy gastada, creo que intentan  ser sutiles. Saben a lo que me dedico y saben a lo que vienen. No hablamos de dinero, esto es diferente. Bebemos, platicamos, no me gusta ir al grano tan rápido.
Unos vodkas y cigarrillos luego y estamos en el hotel a unas cuadras de distancia, le guiño el ojo a J y el sonríe de medio lado.

No quiero saber su nombre, el mío tampoco es importante. Me acomodo en el sofá, espero a que se siente en la cama, que se desnude, que desnude su alma, le veo y me detengo en su pecho, crece conforme respira, ahora ya más calmadamente.
Me acerco y beso su cuello, mis manos en su cintura con la presión suficiente para que se recueste. 

–No cierres los ojos-
Sostenida con sus codos, tiene primera fila para el show. Acaricio sus piernas de los tobillos a sus caderas, afiladas y delicadas, carnosas y tibias. Su vientre está a punto de reventar, su entrepierna es un mar y soy un bucanero iracundo. Vamos, tus playas serán conquistadas y ondearé mi bandera en tu territorio. Veo tus ojos entrecerrarse, pero debes verme, veme bebiendo tu zumo, acariciando tus frutas.
Siento perfectamente cuando tu clítoris cambia de tamaño, clara muestra del juego entre mi lengua y tus tesoros.

-Aún no cierres los ojos-
Sigues en la misma posición y me siento sobre ti, me muevo a mi ritmo y te gusta el oleaje que choca con las rocas. Tu barco está a punto de encallar y sueltas otro alarido, aprietas tus manos a mis caderas, a mis muslos.

Mientras duermes veo tu cabello en la almohada, me acerco a escuchar tu respiración, me gusta el olor de tu piel. Quiero pero….se que no puedo querer, no ahora.
Al despertar ves el café en la mesa y me ves bebiéndolo tranquilamente, la alarma ha sonado y el tiempo llegó a su final, dúchate si gustas pero pronto, debes irte.

Me alquilo para soñar, me presto por instantes y les permito que me sientan de a poco, mi piel es su piel  y mis pensamientos son suyos, de acuerdo a la tarifa.


Salgo y tomo un taxi, voy hacia el lago a las afueras de la ciudad, veo que el sol ha caído totalmente y el parpadeo de la noche navideña abriga muchos hogares, en donde han soñado conmigo en más de una ocasión.


miércoles, 4 de febrero de 2015

Ser sin ser

Una noche helada, el viento presente con las cortinas bailando en las ventanas.
Charla de horas en donde las tazas de café y los cigarros se consumen lentamente.
Hablando de los sueños y de los propósitos que tenemos en este mundo de mil colores.

Voy a lavarme la cara para poder seguir despierta, la conversación realmente me interesa.
Veo en el espejo un rostro que no es el mío, es muy parecido al mío pero tiene unos párpados
diferentes, el cabello está hacia otro lado y mis ojos gritan pidiendo auxilio.

Regreso a la sala y T ha mutado, no soy la única.
Sus cejas han caminado hacia su frente, sus ojos se han hundido. Su cabello
es otro. Pero se que sigue siendo ella.

Las persianas se apresuran contra el vidrio y al sentarme siento que mi cuerpo
se va hacia atrás, sin moverme de lugar.
Cojo un cigarrillo y siento el humo segundos antes de encenderle.
El tiempo se ha perdido en un lugar paralelo y T sigue siendo T sin ser T.

Despierto y veo que tengo mis propias manos, soy yo de nuevo.
T llama por teléfono y me pregunta si puede venir a mi casa a tomar café, que
hace mucho tiempo que no hemos hablado.

Me veo en el espejo, y ahora soy otra, otra vez.


sábado, 31 de enero de 2015

Musa de melena de fuego.

Y si uso tu cuerpo es porque me dejaste hacerlo,
escribir sobre lo que veo en ti es permitirme
vivirte, desde lejos, desde la distancia de los cuerpos y
desde la ventana de la melancolía.

La música que sale de tus ojos, la comisura
de tu boca queriendo decir algo, según yo, pero
ya todo lo has dicho, lo que fue para mi ya fue dicho.

Y si las gotas de lluvia de aquella noche siguen hoy resonando
en mis oídos es porque mujer, me dejaste tu esencia y sobre ella vivo.

Como una hoja que vuela por los aires, fui a posar en tu espalda
y de allí me desprendiste cuando el tiempo fue oportuno.

Ni más ni menos tiempo pero hoy, sigo en ti, o tu en mí.

Más tus manos siguen recorriendo y caminando en mi vientre
en mi estómago que se eriza y que se mueve, a tu antojo.

Seguimos, plural e individual.
Nuestra fue la noche y nuestra la mañana.

Si fue realidad o no, eso no me importa.

Fuimos y eso es suficiente para seguir llevando oxígeno a
las letras que no paran de nacer desde ese lugar al que llegaste
al que llegamos, en la memoria del tiempo, irreal.

Y es así como se siente conocerte, a tientas, a media luz.
No me digas quién eres, mantengo tu sonrisa y tus sonidos
y con eso, vivo un poco mas.


Para Irene

..estrangulo el pedal del acelerador con mi pie derecho, mi mano derecha juega con la palanca y veo el tacómetro rozando las 3,000-4,000 RPM, no me importa, la alerta fué disparada y cuando escuché "mami, no puedo respirar" salió la fiera en mí, lo tomé del brazo, lo metí al auto y mi madre en el lado del copiloto iba tranquilizándolo (imposible hacerlo), escucho su voz suave y agitada diciendo "mami, no me quiero morir"....algo dentro de mi se revolvía, iba pidiéndole a Dios que fuera a mi a quien le estuviera pasando ese tormento, no a mi hijo, no a mi hijo... 1er ataque de asma. a los 5 años y él ya sabe el tormento de luchar entre la vida y la muerte.

allá en junio del 2013

Café, libro, etc

...ese momento exacto de pasar la hoja y ver el final, sin leer esas palabras justas. Pides otro café porque las historias se alargan, la catedral de fondo y las pláticas de las otras mesas son la banda sonora de las letras llenas de mis sueños y pesadillas...
...saboreo las calles tapizadas del ayer, deambulo por las páginas en donde en repetidas ocasiones, son mis historias contadas en otro lugar pero con los mismos personajes...
...soy yo en sus manos, soy yo con sus ojos...

A propósito de Llamadas telefónicas, Roberto Bolaño.

Café frente a las Cadenas de San Gregorio
Valladolid, España 2014.

Navidades

De los recuerdos que tengo de los 24 de diciembre es ir y visitar a mis dos abuelitas, ambas tan alegres, ponche en cada casa, tamales, y los adornos musicales en el Nacimiento que mi abuelita Irene siempre ponía. Cuando veo esos pajaritos saltando por las banquetas, los árboles, pienso en el espíritu aventurero y jovial de ella. 
El olor a guayaba en la casa de mi abuelita Caty nunca lo olvidaré, cada vez que ese sabor abriga mi lengua, la siento decirme "come todo lo que quieras, lo importante es que te guste".
La imaginación y la fuerza de guerreras, la determinación y su entusiasmo, el coraje y su enérgica vocación a amar.

Esa es mi época navideña.


Querida abuela

-el lobo, al verla en el bosque, sintió que su corazón latía rápidamente y el hocico se le secaba, sentía que debía acercarse a ella. Escuchó que iría a casa de la abuela y el lobo, que conocía perfectamente el bosque, se adelantó y llegó antes. Toca a la puerta y la abuela lo ve con desprecio, veía a una criatura no digna. El lobo intentó explicarle que ese sentimiento era fuerte y que lo único que quería era hablar con Caperucita. La abuela lo deja entrar, desconfiada, fría. Le ofrece un té (envenenado) y el lobo enamorado lo bebe pensando que la abuela ha visto el amor que él siente. 

La abuela, se mete en su cama e intenta tapar sus secretos, el reciente y los pasados. Recuerda cuando era joven y en el bosque conoció a un bello lobo. Ambos eran iguales pero los humanos no supieron entender que los NO humanos también aman. Mataron a su amante y ella fue recluida en una cabaña alejada. Mataron el amor de su corazón y algunas niñas que se portaban mal tenían que irle a dejar comida para limpiar sus pecados. 

-Hola abuela, pero qué ojos tan grandes tienes. .....pero qué col....mi.....llos......
La abuela cenó y durmió apaciblemente, una noche más.




Arte

El arte tiene pies y manos, huesos y cascarón, tentáculos y es robusto, es pequeño y es cálido, es frío y es tenue, es violento y acaricia......es grave y percute, brama y ruje, baila y aísla, une y contrasta......es vida y es muerte, son hojas húmedas en llamas.


Creo


No creo en las promesas o en los contratos verbales. 
Creo en tu sonrisa y en tus lágrimas. 
Creo en el brillo de tus ojos y en la luz que me dejaste ver.
No creo en el "hasta siempre" sino que prefiero mil veces el hoy.
Creo en tus manos y tu piel. 
En tu voz de madrugada y cuando el silencio es tu otro idioma.