Ser sensibles al mundo, a sus alegrías y a su sufrimiento.
Derramar lágrimas por los ríos que se crecen o que se secan.
Mitigar el dolor con un llamarada del suelo, beber la grama con las manos.
Caminar por espacios eternos, negros, humeantes y pensantes.
Del risco que divide los sueños con la realidad, una realidad afeada por las guerras, por las ideas de poder, por el sentido de pertenencia y de poder. Saltar y liberarnos.
Los sueños corrompidos por la paz, esa paz que hiere en medio del caos.
Esa paz que llena de esperanza los cuerpos tibios, los que son vomitados de las ciudades.
Las ciudades infestadas de violines y de pianos y de arrullos de niñez.
Del mundo poco sabemos, la ignorancia es buena arma para vivir tranquilos.
Verle a los ojos y decirle: Vida, eres un fiasco como hogar. Culpar a las tierras y no a sus habitantes.
La melancolía tapiza las paredes de lo ajeno porque nunca diremos cuan tristes realmente estamos, no señor, eso es de débiles.
Lloramos a solas porque así el alma se libera de lo absurdo; a solas, las lágrimas juegan con las mejillas, con el cuello, con el pecho, hacen malabares y danzan en la panza, visten las piernas y llegan a los pies.....las manos alzadas y riendo, con las palmas abiertas sentimos, realmente sentimos.
La guía que sale del güisquil de la verdad, se teje con honestidad, con firmeza, con cariño.
Libertad, te aguardamos en la esquina de la ciudad, allá en donde los atoles y los panes llenan las barrigas de las hormigas con anteojeras.
Tecomates llenos de esperanz
a y sabiduría de los abuelos, sólo así podremos vivir con amor/sufrimiento/aprendizaje.

A veces, preferiría la ignorancia. Pero sólo a veces.
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