Para calmar los deseos, muchas veces hacemos acopio de la expropiación del decoro
para así correr desnudos en el bosque de la verdad, de la verdad absoluta.
Levantar las faldas del rencor y jugar con las ramas.
Siguiendo ese boom que palpita, que retumba desde las plantas
de los pies y sale por los dedos de las manos hasta enredarse en
las nubes de aluminio.
Correr es sencillo, lo complicado es desnudarse, por vez primera,
frente a la mirada de los presentes, llenos también de deseo.
Una a una van las prendas haciendo alfombras y cortinas,
ese maquillaje corporal ha dejado de ser y como recién nacido,
las mejillas están sonrosadas.
Una mano se acerca a un hombro, una boca a una espalda
una pierna a una cadera, una nuca presa de unos dientes.
Fluidos, gemidos, gritos, risas, llanto, canciones.
Hay un momento en donde los cuerpos dejan de moverse,
extenuados y satisfechos, yacen uno al lado del otro.
Sólo viéndose a los ojos se reconocen, toman sus ropas y
comienzan a alejarse, uno a uno.

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