Siento en mi interior ese tic tac que detonará pronto, siendo el combustible la intempestuosa moralidad que dicen tenemos, inherente, aprisionada, obsoleta.
Caducamos en las calles y aún respirando, no vivimos, no estamos.
Creíamos que podíamos bailar bajo la lluvia frente al palacio, con balas acompañaron nuestra canción.
Corrimos y como viejos árboles, morimos de pie, con orgullo y con gritos ahogados en las gargantas perforadas por sus fusiles, metálicos garrotes.
Intenté tomarte de la mano, un zancudo con pólvora atravesó mis dedos pero yo sentía que bailaba aunque mis pies mantenían el ritmo de la canción que esa mañana escribimos.
De a poco, sentí que era más liviana pero continuábamos corriendo; la lluvia se hizo más fuerte, al igual que nuestros gritos pero sus botas nos alcanzaron.
Mis cabellos quedaron en las manos de algunos color chiltepe, mis ropas fueron desgarradas y mis ojos seguían viendo las espaldas de los que llegamos esa noche.
Como cuenta gotas me fuí desintegrando, veía muchos rostros rojos, mojados, iracundos. Sus palabras no entraban en mi sistema pero me gritaban; sus puños querían que sus voces trangredieran mis poros, no pudieron.
Me sentí cada vez más fuerte y me perdí en el sueño por el que venimos, ese sueño de ser libres y bailar cuando nuestro espíritu lo sintiera, y así fué, volé, junto con otros que como yo, ya no sufrimos y vimos las montañas desde arriba, desde las nubes.

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